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Royal Enfield Classic 500

Classic 500 royal Enfield

No todas las historias empiezan con un flechazo rompe corazones, algunas, para que cuajen requieren mucho más que una mirada y un coqueteo de pestañas, la de estas páginas por ejemplo, requirió de muchos, pero muchos kilómetros para que empezara a fraguarse.

Acúsome de que en un principio verdaderamente no me gustaba, la acepté como una asignación por cumplir, sin mayores ilusiones y con prácticamente ninguna expectativa, tal vez fuera la parquedad de su clásico color gris, la ausencia de componentes llamativos, o la nostálgica apariencia cincuentera, el caso es que si bien sentía curiosidad, poco o nada era lo que esperaba de ella. ¿Habré sido muy despectivo en mi trato?, tal vez, pero luego de hablar con otros motociclistas entiendo que no he sido el único con semejantes ideas en la cabeza, y sin embargo las horas de carretera, de ciudad y, sobre todo, de sentirla, me han generado sensaciones que nunca creí posibles cuando la veía en una vitrina o en las fotos de una revista. 

Su sencillez es más que evidente, todo en ella está a la vista y lejos de apocarse pudorosamente por su falta de “vestido” la Royal exhibe galante cada detalle; no hace falta escudriñar para saber dónde está cada cosa y a su vez cada una evidencia la función para la cual fue puesta ahí. No seré quien, ni tengo la edad para afirmar con certeza que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco hay que ser un lince para entender que todo tiempo pasado sí fue más sencillo, y si por alguna razón surgiera alguna duda al respecto, baste solo con dar una mirada a una Royal Enfield para tener prueba fehaciente de esta afirmación.

He precisamente ahí, en su sencillez, donde radica el profundo encanto de las motos producidas en Chennai, a lo cual hay que sumarle una robustez y fiabilidad mecánica que, dadas las historias de épicas travesías por las altas cumbres de Nepal y Bután, toman ciertos tiznes de leyenda y misticismo, términos que para algunos podrán ser solo literarias exageraciones, pero que para cientos de miles de fanáticos de estas “clásicas modernas” hacen apenas justicia a las características de su montura.

Sin embargo, lejos de cualquier fanatismo, a los ojos de quien, como yo, nunca antes había tenido la oportunidad de rodar a los mandos de una máquina de antaño, circular con una Royal Enfield supone todo un ejercicio de adaptación, de reprogramación incluso, que obliga a poner a un lado mucho de lo vivido en otras motos para empezar prácticamente de ceros, dejando también de lado estándares que usualmente se tienen en cuenta al rodar con motos nuevas.

Royal Enfield Classic 500 concepto

La moto enciende con un retumbar del motor monocilíndrico de 499cc, y al hacerlo toda ella se revuelve y se agita, solo el testigo del motor y el sonido de la bomba de gasolina cargando te recuerdan que sigues aún en 2014, la leva de clutch vibra ruidosamente entre la base que la sujeta llegados a cierto nivel de rpm, ¿cuál? Ni idea porque donde debería estar el tablero de instrumentos solo hay un velocímetro de antaño y en otro redondel los testigos de gasolina y motor y el logo translúcido de la marca. El motor suena a otras épocas, nada disimula su tronar y es inevitable que por la mente pase la idea de que así es como debían sonar los motores cuando mi papá era mozo y tenía la calva llena de cabello. Sentado en el amplio sillín individual, poco sientes en primera instancia de esas vibraciones, gracias a los resortes sobre los que está montado el asiento y que ayudan a complementar el rendimiento de las suspensiones. Es cómoda, pies adelante, brazos abiertos, espalda ligeramente curvada y espacio de sobra para las posaderas.

La primera marcha engrana con un clamoroso “Crank” que una vez más, hace sacudir toda la moto, el embrague es un prodigio para hacer que la potencia llegue a la rueda y no tan pronto lo dejas salir puedes sentir lo que es capaz de hacer este vigoroso monocilíndrico. La Royal rueda placenteramente por donde se le lleve, sube, baja y planea con la misma docilidad con que por ejemplo, hace frente a un camino de tierra, nada la perturba, ella es una sola en cualquier parte, en carretera o en montaña. En la tabla de especificaciones técnicas hablan de una potencia máxima de 27.2hp, en la práctica, y sin ir a caer en adulaciones, la respuesta del propulsor te hace sentir que hay muchos más jamelgos escondidos en ese cilindro de los que reza la ficha.

Hay que tener claro que si bien la Royal acelera con ganas, sube una empinada cuesta con soltura, se inclina con moderación en las curvas, frena con suficiencia, que a pesar de su amplia distancia entre ejes es capaz de moverse con soltura entre un atasco capitalino, que es cómoda, la verdad es que esta moto no es un prodigio en nada y sin embargo (y he aquí la disyuntiva de este texto) resulta a su manera irreductiblemente encantadora, haciendo complicado explicar al lector cómo una moto así, sea capaz de cautivar a tantos humanos alrededor del mundo.

Tal vez otra de las claves de ese encanto resida precisamente en lo esencial de su comportamiento. Es una moto básica, con la sola excepción de contar con sistema de alimentación por inyección electrónica, el motor, es de probada solidez y resistencia, confiable, y efectivo para cumplir con su propósito, ¿qué más habría que pedirle? Cualquier lujo de más, cualquier accesorio electrónico va en contra de su esencia, de ese espíritu clásico en el que lo que realmente cuenta es sentir la moto. Por ello las Royal Enfield han logrado hacerse con un nicho de personas que las han acogido como parte integral de sus vidas, que no conciben una carretera sin su Enfield, que miran con sorna las mega sofisticadas moto/viajeras de hoy día con sus inagotables listados de sensores y siglas, a sabiendas de que cuando un dispositivo les falle, su Royal seguirá retumbando por lo valles y montañas como esa compañera fiel que no los dejará abandonados a su suerte.

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